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ES NECESARIO DECIRLO...
Desde hace algún tiempo se están realizando
campañas contra el cloro y todos aquellos productos derivados del
mismo.
En las protestas se han mezclado desde organizaciones ecologistas
de origen diverso hasta confesiones religiosas, que hablan de toda
la química del cloro y del propio elemento como de una manifestación
diabólica, olvidando incluso su papel indispensable en los procesos
químicos de los seres vivos.
¿Cómo se ha podido llegar a tal situación, que cualquier químico o
científico sólo puede calificar de insensata?
Han estado impactando a la opinión pública (es decir, llegar a las
primera páginas de la prensa o los noticiarios televisados), lanzando
mensajes cortos y contundentes, creando en algunos casos verdadera
alarma social. Este es el procedimiento, es un hecho bien conocido
y practicado por algunas multinacionales de la ecología, que a menudo
han sabido condensar grandes complejidades científicas en un slogan
simple y fácil de recordar. Sin embargo, esta aproximación de los
problemas complejos al gran público, ha supuesto siempre una pérdida
de discernimiento y de matices propios de los múltiples aspectos de
la cuestión.
Ante la enorme masa de argumentos tan variados (y generalmente tan
poco científicos) que se han lanzado sobre la química del cloro, parece
imposible hacer oír la voz de la razón en igualdad de condiciones.
También algunos políticos se han apuntado a esta moda, especulando
el numero de votos que podría reportarles estas modas populistas.
Queda bien claro, hay quien declara tener como objetivo absoluto la
protección del medio ambiente y para ello elabora campañas en contra
de determinados productos, intentando así atraer a incautos que ayuden
a llenar sus arcas.
El motivo no está claro y los intereses que encubren los detractores
del PVC tampoco. Una cosa sí es cierta, es una forma de atentar contra
la sociedad industrial.
Finalizamos declarando que ...
... nos oponemos a tales prácticas; a las conductas, noticias y campañas
que manipulen de forma incoherente y malintencionada a la Sociedad
Civil.
EL PRINCIPIO DE PRECAUCION Y EL MEDIO AMBIENTE.
Peligro, riesgo, seguridad... Hoy en día, en la vida cotidiana, el
accidente es un suceso más frecuente de lo que todos desearíamos,
y cuyas consecuencias, a veces, pueden llegar a ser graves. Desgraciadamente,
todos conocemos casos que han ocurrido muy cerca de nosotros: una
bombona de gas que ha explotado, ha provocado el incendio de un edificio
y se han producido varias muertes; una persona que se estaba duchando,
ha tocado una parte metálica y ha fallecido electrocutada; en un banquete,
varias personas han resultado intoxicadas; la llama de un soplete
para soldar ha provocado numerosos y graves incendios; los tintes
de una peluquería han producido graves lesiones en el cuero cabelludo
de varias personas; el abandono de una colilla encendida ha provocado
un incendio con varios muertos; cada día, se están produciendo numerosos
accidentes en la circulación de vehículos, por fallos humanos o mecánicos;
el acto vandálico de incendiar contenedores de basuras ha calcinado
varios coches aparcados y ha provocado el incendio de varios locales
comerciales,... Cada día, cada uno de nosotros, está expuesto a un
peligro, imprevisible la mayor parte de las veces.
El riesgo es la probabilidad de estar expuesto a un peligro. Es necesario
cuantificar esta probabilidad, haciendo hipótesis, para garantizar
una cierta seguridad. Una vez identificados los peligros y los riesgos,
hay que establecer un riesgo aceptable y analizar los beneficios que
su utilización aporta a la sociedad.
Hoy, existen toda una serie de actividades que suponen un cierto riesgo,
pero contribuyen evidentemente a nuestro bienestar.
Cruzar una calle con el semáforo en rojo supone un peligro; cruzarla
en verde, solamente es un riesgo, y no cruzarla, es una seguridad,
un riesgo cero. Pero no cruzarla, representa renunciar a toda una
serie de beneficios o ventajas, al otro lado de la calle, que no estamos
dispuestos a aceptar. Los beneficios objetivos justifican, muchas
veces, la aceptación de un cierto nivel de riesgo.
A veces, se considera que los riesgos no se pueden evaluar adecuadamente,
y entonces entra en juego el llamado "principio de precaución",
que viene a decir que si no se puede evaluar un riesgo, no hay que
tomarlo.
¿Cómo determinar si un riesgo no está evaluado suficientemente? Como
sea que el riesgo es un asunto de probabilidad, la aplicación rígida
de este principio de precaución podría llevar rápidamente a la sociedad
hacia la más completa inactividad, ya que la acción, por sí misma,
implica siempre un cierto riesgo.
El "principio de precaución", el famoso sagrado principio
de los movimientos ecologistas radicales, verdadera piedra angular
de su ideología, puede decirse que es el impedimento que paraliza
cualquier evolución de la sociedad, dando lugar a riesgos más reales
y ciertos que los que ellos han querido eliminar.
Es evidente, que deben tomarse medidas de precaución para protegerse
de las secuelas contra la salud de cualquier fuente de contaminación
tóxica u otras. La mayor parte de ellas ya ha sido objeto del establecimiento
de normas con fuerza de ley. Pero lo que no es razonable es querer
reducir el nivel por debajo del límite que marcan las normas, a la
búsqueda de un inaccesible riesgo cero.
Establecer normas con límites demasiado bajos para protegerse de hipotéticos
riesgos, basados en datos inciertos, impediría cualquier posibilidad
de innovación y de progreso...
Querer evitar cualquier riesgo, por mínimo que sea, es renunciar a
todo progreso científico y técnico al servicio de la mejora de nuestras
condiciones de vida.
Si se aplicara el "principio de precaución", como reclaman
las posturas de ideología más radical, clases enteras de medicamentos,
como los antibióticos, a base de cloro, no habrían podido existir
jamás, y habrían fallecido miles y miles de personas.
Debería suprimirse la energía nuclear y el automóvil, pero también
las demás fuentes de energía, entre otras cosas, porque todo ello
encierra un cierto riesgo.
Desde luego, deben tomarse siempre todas las precauciones posibles
para evitar daños y accidentes. Pero no es real, lógico ni razonable,
presumir una culpabilidad cierta en base solamente en sospechas, en
conjeturas, exigiendo a la industria que demuestre que no será responsable
de daño alguno.
Cualquier producto, cualquier actividad humana "tiene un impacto
sobre el medio ambiente" o es peligroso, de alguna manera. El
tema es una cuestión de dosis, de umbral razonable, de límite aceptable.
Lo que es necesario es limitar este impacto, mejorar nuestros métodos
de producción y de consumo, impulsar la investigación en lugar de
frenarla, y concienciar a la gente dándole una verdadera formación
de civismo medioambiental.
El sol, por muy natural y saludable que pueda ser para nuestro cuerpo,
puede llegar a ser perjudicial, en dosis inadecuadas, e incluso provocar
un cáncer de piel y la muerte.
El flúor es un gas tóxico, de olor irritante, extremadamente corrosivo,
que produce quemaduras muy nocivas y de curación lenta. Pues bien,
el flúor se emplea en la profilaxis de la caries dental (fluoración
del agua potable, dietas con sal fluorada, pastillas de flúor y pastas
dentífricas con flúor), ya que se ha demostrado que la incorporación
del ión flúor en el esmalte dental aumenta la resistencia ante los
ácidos producidos por las bacterias. La sola presencia de un producto
tóxico, no permite concluir que sea un producto peligroso en sí mismo.
Es la dosis la que hace el veneno. Hemos visto que el flúor, en dosis
adecuadas, es beneficioso para la salud, combate la caries dental.
En dosis excesivas, puede provocar fluorosis, puede ser un veneno.
Residuo cero, contaminación cero, cero dioxinas. Son slogans de los
sin razón, que solo hablan de ecología para mantener su estatus, pues
no están dispuestos a aplicarse a sí mismos ninguna restricción. Ya
que los motores de los barcos que utiliza para sus actividades, entre
otras cosas, generan dioxinas. Esto no le impide, desde luego, utilizar
ampliamente la alta tecnología, fruto de la industria humana. Dicen
que es un mal necesario, justificado por razones de eficacia. Ciertamente,
su ideología resulta bastante incoherente.
Los movimientos ecologistas radicales proclama siempre que es preciso
llegar a un nivel de "riesgo cero", emisión cero, cero dioxinas...
lo cual es rigurosamente imposible. Vivir es peligroso para la salud.
Hay que hacer un balance entre las ventajas y los inconvenientes.
La calefacción daña el medio ambiente, pero el frío mata a las personas.
Para estos que defienden una política radical, parece no existir el
progreso tecnológico. No lo aceptan. Los ecologistas son los únicos
verdaderos poseedores de la conciencia ecológica. Su idealismo les
dispensa de aportar pruebas científicas. La simple sospecha de daño
ecológico les autoriza a poner en tela de juicio sectores industriales
enteros. Su ideología les dice que están para proteger incondicionalmente
el medio ambiente.
No hay que olvidar que un ecologista no es un científico. Los ecologistas
son los seguidores de un conjunto de corrientes ideológicas, muy heterogéneas,
que tienen en común la voluntad de conseguir un nuevo orden social,
basado en los principios de la ecología concebida como ciencia totalizadora,
como parte de la biología que estudia las interrelaciones de los seres
vivos con su medio. No aceptan la ciencia y la técnica.
Hoy en día, algunos gobiernos, dentro de su política medioambiental,
recogen el principio de precaución a través de Convenios y Declaraciones
internacionales. Este principio expresado de manera general podría
resumirse en que se evitará la introducción al medio ambiente de substancias
o energía cuando existan indicios significativos que esta acción tendrá
efectos perjudiciales en los ecosistemas y las personas, aunque no
se disponga de pruebas concluyentes de la relación causal entre las
emisiones de las sustancias o energía y los posibles daños.
La forma de actuar dominante, frente a los problemas medioambientales,
se basa en el enfoque técnico y científico puro. Y hasta que no haya
pruebas absolutas e inequívocas sobre las relaciones causales entre
la emisión de una determinada sustancia y los efectos negativos sobre
la salud pública y los ecosistemas, la emisión puede continuar, admitiendo
unos determinados niveles de seguridad.
Para los ecologistas, únicamente resulta aceptable el enfoque basado
en el principio de precaución. Este principio se convierte en el enlace
entre la ciencia y política porque proporciona el espíritu que han
de seguir las decisiones cuando se enfrentan a la falta de certeza
científica. El enfoque preventivo promueve el uso de técnicas de producción
más limpias.
Al final, se llega a la conclusión de que, de querer evitar cualquier
riesgo, con el principio de precaución, las consecuencias negativas
serían mucho mas graves. Por ejemplo, las consecuencias de renunciar
al tratamiento adecuado de las aguas con cloro. Recordemos los casos
de "salmonelosis" de Alcalá de Henares, y la epidemia de
cólera del Perú en 1991.
AMICLOR,
Organización de Usuarios y Trabajadores de la Química del Cloro
¿Cómo contactar con nosotros?
mail: info@amiclor.org
web: http://www.amiclor.org

LOS HIJOS DE CAÍN
No sólo en el Génesis bíblico,
sino en otros muchos relatos de antiguos tiempos y culturas encontramos
el mito atávico del herrero que mata al pastor y, como consecuencia
de ese execrable crimen, se ve condenado a huir sin destino, temido
y repudiado por sus semejantes, ignominiosamente señalado con
la Marca de Caín. Caín, el descubridor de los metales,
mató a Abel, inocente y angelical pastor que vivía en
perfecta -si bien poco comprometida- armonía con la Madre Tierra,
dispensadora de todos los bienes. Y por ello fue condenado a ser perseguido,
odiado y arrinconado por sus semejantes, para el resto de la Eternidad.
Muchos mitólogos ilustres han puesto de relieve la relación
de este mito con los graves problemas sociales que debieron suceder
durante la transición del Paleolítico al Neolítico:
el odio visceral, plasmado en calumnias, de los humildes labradores
y artesanos de la piedra frente al innovador Caín, inventor
de los metales, la artesanía y, por ende, de la ciencia.
En épocas de incertidumbre social, típicamente en épocas
de grandes cambios, -reales o temidos- el mito de Caín despierta
de nuevo en nuestra conciencia atávica global. Es aceptado
que, en los cambios de milenio la gente se pone psicológicamente
muy nerviosa; y alguna víctima hemos de encontrar de nuestros
miedos. Así, tras las grandes convulsiones sociales y religiosas
que se produjeron en Europa hacia el año mil, aparecen en Occidente
las primeras tribus gitanas. Los niños sedentarios participan
con naturalidad de los juegos de sus hermanitos nómadas, mientras
los adultos de rostro pálido e ideas fijas emprenden un toma
y daca de preguntas y respuestas, cuando no de golpes, con los nuevos
salvajes carentes de zapatos.
Los estudiosos actuales no aciertan a ponerse de acuerdo sobre la
raza y proveniencia de quienes protagonizaron una de las mayores migraciones
humanas desde el comienzo del segundo milenio, despreciados fugitivos
pero sabios artesanos del metal y de la alquimia. Sostener que la
estirpe zíngara arranca de la India resuelve el asunto, pero
no lo agota. No hay que utilizar muchas neuronas para establecer relaciones
fonéticas entre Caín, la diosa Kali, la raza calé,
lo cañí o la querencia del azafrán y del color
rojo para percibir cultura hindú; pero es más satisfactoria
la hipótesis de que el gitano fue un calderero o forjador arrojado
al camino de la historia.
El relato bíblico del fratricidio suministra una ingenua coartada
para justificar el estado de marginación conferido al artesano
del metal en todas las sociedades de economía agrícola
o ganadera. Descartado el crimen, otras hipótesis iluminan
el origen de esta situación conflictiva. Conviene buscarlo
en el crepúsculo del Neolítico: el labriego de la piedra,
ecologista avant la lettre donde los haya, atrincherado en su modus
vivendi, presencia con rencor y temor el alba de una nueva edad. Su
actitud es la de siempre: el desprecia cuanto ignora de Antonio Machado.
Y como el poder todavía le incumbe, expulsa de la tribu a los
herreros y alquimistas convirtiéndolos en trabajadores itinerantes,
en parias sin choza ni familia. Depositarios de una técnica
superior a la del nivel cultural predominante, con el carácter
de santidad que ello conlleva, el tabú transformará
en sempiternos y odiados extranjeros, vanguardia y reliquia de una
civilización desconocida.
Se acerca otro final de milenio y nosotros, los nuevos Hijos de Caín,
herreros y alquimistas del siglo XXI, deberemos levantar nuestros
campamentos, nuestra industria química tan atávicamente
odiada por nuestros vecinos, y plantar nuestras tiendas de campaña
muy lejos de aquí -por ejemplo- en las zonas del tercer mundo
sin industrializar. Seguimos siendo culpables del asesinato de nuestro
hermano Abel, y sus herederos, organizados en poderosas y curiosas
sectas religiosas -autodenominadas curiosamente ONGs, Grupos Ecologistas
y otros términos más complicados como adoradores de
la Foca Monje- se han reconvertido en los inquisidores furiosos que
a duras penas consienten siquiera en el arrepentimiento de nuestros
pecados. Santo Domingo de Guzmán estará feliz en el
paraíso viendo como, casi mil años después, otros
Domini Canes sigue sus pasos,
Puesto que somos culpables sin necesidad de que nadie se moleste en
demostrar lo contrario, como lo son nuestros hermanos y compañeros
de viaje de la Historia, la querida raza gitana, deberíamos
arrepentirnos de nuestros pecados, desmantelar nuestros campamentos
e instalaciones industriales y huir, avergonzados de pertenecer a
esta raza ignominiosa, hacia las lejanas tierras del tercer mundo.
Aunque no estará de más que nos llevemos unas cuantas
toneladas de cloro y muchos otros tantos kilómetros de tuberías
de PVC: según un informe de Médicos sin Fronteras, el
principal problema medioambiental -y sanitario- del tercer mundo no
son las dioxinas, ni los alimentos transgénicos, ni el reciclado
selectivo. Nada de eso. El principal problema es el agua, y más
en su calidad que en su cantidad. Si desmantelamos nuestros campamentos
y cargamos nuestras caravanas de nómadas del siglo XXI con
toneladas de cloro, PVC y algo de tecnología, podremos ayudar
a salvar millones de vidas. Pero eso no será bueno para la
nueva Orden Suprema de los Hijos de Abel: el dios Medio Ambiente no
aplacará sus iras hasta que los ecologistas le hayan ofrendado
el mayor de los sacrificios: la Raza Humana y la Civilización.
Mientras llega ese momento, aprovechemos la época de las rebajas,
que ya es primavera en The Body Shop.
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